miércoles, 23 de enero de 2008

GALERÍA VIRTUAL

CUENTO DE SERGIO FONG


GALERÍA VIRTUAL

Desperté helado. Sólo se veían puros maizales, salí del automóvil, estiré el cuello para tratar de reconocer el lugar donde nos habíamos atascado, nada. Seguramente era una pintura de Juan José, ese paisaje deprimente de los cuervos. Me quedé observándolo y vino la náusea, el arrebato. Me ganó la tristura, pensé en la relación de estas aves negras con los heraldos de la muerte; ver volar a un cristiano me parecía desencajado, pero ver la oscuridad que provocaban cientos de cuervos volando al ras del maizal, me invadía de terror. Contuve la respiración y se alejo el presentimiento. Me asomé adentro del carro, traté de despertar a Juan José, que estaba aferrado al volante. No reaccionaba, parecía muerto. Recordé que estuvimos emborrachándonos en la Rotonda de los hombres Ilustres, brindando con los hijos eximios de Jalisco. Hicimos una apuesta, por eso nos subimos al auto y jalamos para Zapotlán el Grande. Recuerdo que discutimos al calor del alcohol sobre el Ser y el No Ser, la Esencia y la Nada. En esa madeja se enredó Juan José y se aferró a que yo debía conocer al verdadero autor de La Feria.
—Te voy a enseñar de dónde me lo plagié. “Note creo, —le dije y lo desafié— tu orgullo contra mi dignidad”. Trépate al coche —me ordenó—, ahorita mismo nos vamos a mi terruño.
De eso me acuerdo y de haber llegado a una gasolinera a llenar el tanque de gas. Seguimos la carretera y Juan encendió la radio pero no se podía sintonizar, se escuchaba como una caja de grillos chinos y el toca casset no funcionaba. Seguimos brindando, la carretera era ese hocico negro, ininterrumpido. Se podía sentir el paisaje de la llanura, un enredijo de curvas, paredones y desfiladeros, pero no se divisaba ni madres, los faros sólo iluminaban el paso del auto por la piel asfáltica. Sentí los hilos del agobio jalando el carretón, en cámara lenta, era casi imperceptible. Todavía alcance a oír, como un suave susurro, lo que fue un grito desesperado de Juan José: “¡Asústame, cabrón, me estoy quedando dormido!”.
Juan José resucitó después de un rato de sacudirlo y rociarle tequila en el rostro. “Qué pasó, pinche Juanjo”, —le reclamé— yo no quiero quedarme en este cuadro ojete que pintaste”. El vate se incorporó y maldecía una luz intensa que lo segó y lo hizo salirse de la carretera. “Creí que nos había llevado la chingada, —me dijo— era un camión que venía derecho contra nosotros, nos iba a partir la madre”. No entendía sus palabras, la realidad había trastocado mi ser y mi conciencia, la neta yo ya me veía reflejado en la pupila de los críticos de arte que admiraban las pinceladas ácidas sobre el lienzo, se me comprimía el corazón cuando decían: “estos personajes se mueven, cambian de sitio según la perspectiva”, “hasta parece que se están convirtiendo en cuervos”.
Juan José puso en marcha el motor del automóvil, yo estaba enloqueciendo, mi conciencia estaba alterada y me dolía desprenderme de la otra realidad, gritaba (¿o graznaba?) de miedo, Juan José hablaba y hablaba como si quisiera consolar mi consternación, decía palabras suaves mientras conducía entre el maizal. “Antes Zapotlán tenía otro nombre: Tlayocán que significa maíz… Pero luego comíamos puros zapotes y le pusieron Tzapotlán… En esos tiempos había un rey y su nahual era un cuervo…” Lo menos que quería escuchar era cualquier choro sobre cuervos, estaba aterrado con la metamorfosis. Salimos a una brecha, continuamos rumbo a la cuesta de Sayula y desde arriba vislumbramos el pueblo, entramos por el Camino Real, nos dirigimos al Callejón del Diablo atrás del Palacio Municipal y, a un costado de la iglesia, nos detuvimos en una cantina.
“Aquí es Zapotlán el Grande, tierra de putas y poetas”, nos advirtió un bardo ebrio, que estaba recargado en el marco de la puerta, con una mano sobre la pared y con la otra en la cintura sosteniendo su sombrero de palma. “Nada existe, todo es ficción, puro realismo mágico”, dijo y se fue volando.
En un rincón del tugurio estaba el Hojarascas, tocaba con mucho sentimiento, enredando y desenredando sus canciones en las cuerdas del arpa. Nos sentamos en unas sillas tejidas con tule de la laguna, las mesas estaban dispuestas con un mantel de plástico multicolor, quedamos frente a un balcón, que da al paisaje en acuarela, donde se perciben los colores arrebatados de Juan José. Juanjo se acercó al balcón y abrió las puertas: “Mira, Gato, —me grito— ven respira, este es el aire que te digo”. La Fiesta de San José estaba ahí con la alegoría de sus muertos y el aroma de sus mujeres. Todo el espíritu del jolgorio suspendido por un clavo en la pared.

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