miércoles, 14 de mayo de 2008

ARTURO ACCIO / ESCRITOR



Algo tirado

Mientras caminaba encontré un corazón,
recordé que yo hace mucho tuve uno
que me hizo sentir emociones que se fueron apagando,
al ver este otro en el suelo aún latiendo
no pude sopórtalo,
sabía que muchos no se habían dado cuenta de que existía;
lo patearon como al mío,
le escupieron,
lo dejaron agotado,
mal trecho,
agónico,
hasta que simplemente
fue imposible seguir cargando aquello
y lo mejor fue arrancarlo de una buena vez
sin importar un último dolor,
la curiosidad de saber si me quedaba era grade
pero recordé las noches junto al teléfono,
la almohada indiferente,
el insomnio recurrente,
y ya no quise volver a pasar por eso;
me aleje respetando el lugar donde estaba,
me sentí reconfortado al pensar
que alguien mas anda por la ciudad por ahí sin tener uno.


Nunca te enamores


Terminó también por irse
importándole un comino
el haberme quebrado la nariz 
con un despertador,
haberme dejado fuera 
de mi propio departamento 
cuantas veces quiso,
–y quiso seguido–.

En el bar me lo decían
cada que ella no me acompañaba:
–Nunca te enamores 
de una mujer junto a una cerveza.
Los ignore,
y ahora tengo el corazón roto,
ganas de verla 
con sus tacones altos.

Le puedo perdonar todo
excepto haber dejado
mi despensa y refrigerador 
por completo vacíos. 





Cuando perdí la fe

Así que era viernes santo,
mi madre me llevo a casa de los abuelos
que tenían una figura gigante
de un agonizante Jesús en la cruz
con Magdalena llorando a los pies,
una escena digna para ponerse a pensar;
yo tenia nueve años,
en un momento
mientras jugaba en la sala
la figura se engancho a mi ropa
y cayó contra el piso
haciéndose trizas;
a la abuela se le escaparon las lagrimas,
mi madre la acompaño
luego de ponerme una golpiza ejemplar,
después de eso yo también lloraba;
miré al abuelo sentado a lo lejos sin sus dos dedos
de la mano izquierda,
fumaba un cigarro sin filtro,
reía discretamente,
sabía que ese día perdí la fe para siempre.



Vagabundo de la oscuridad

Terminaré con la mirada perdida
en un sillón de un segundo piso,
mientras en la tele pasa una película 
de los años veinte,
la piel pegada a los huesos
sin mas ganas que ninguna;
sé que así tendrá que ser,
no espero ninguna recompensa
por lo que hice o deje de hacer,
seré un vagabundo que la oscuridad reclama,
que no encontró la dicha 
donde le dijeron que debería estar;
que verá transcurrir el tiempo
sentado en una prisión con la puerta abierta
donde a veces me acompaña un muerto.

La última

Cada que término de escribir algo
me pregunto sí podré volver a hacerlo,
sí aún me quedará veneno en las venas
y algo lamentable que decir,
algo poco comprensible
inútil,
pero desahogador.

No lo sé.

Mi musa demente 
unas noches me ignora
para que sienta 
la necesidad de tenerla
y viva lo mas desdichado posible
por el tiempo que ella desee,
otras, 
las mejores y menores de las veces
pasa a visitarme,
me pide que beba 
un sorbo amargo de la agonía
emanada de sus labios
que la hace sonreír,
únicamente
para un par de momentos después 
decir adiós.


Guía fácil para un poeta sensible

Diles a las mujeres que escribes poesía
sin agregar el género,
lo importante es la palabra: P-O-E-S-Í-A,
trae consigo una especie de sentimiento implícito
igual al sueño imposible
de algún día cubrir una cama con pétalos de rosas,
háblales de cosas de amor y un poco en francés;
pensarán que eres sentimental,
sensible,
dirán: allí va el poeta;
déjalas pensando un buen rato en eso
o en aquello,
harán bien la tarea,
te llamarán por teléfono
cuando crean haber entendido lo que dijiste,
no importa si están en lo correcto o no,
lo importante es que te devolvieron la llamada;
ten contigo siempre un libro diferente para estudiar,
si es de algún desconocido de nombre impronunciable
mucho mejor,
aunque, no seas tan duro y cada que tengas oportunidad
agrega que los valses de Strauss son buenos,
casi todas las mujeres bailaron a los 15 años una pieza de él,
mira con tristeza el mundo,
invita a tus damas a los ciclos de cualquier arte
donde no te conozcan,
para que tú les expliques con detalle
cuando estén tomando café antes de ir al motel,
usa una bufanda a rayas y esponjada,
conviértete en una tragedia de poeta desconocido,
mal valorado,
poco entendido,
pero no fumes demasiado,
luce tímido pero inmediatamente tómalas del brazo,
aprende aparentar que las escuchas con atención,
tómate todas las molestias que nadie más hará,
apunta en la libreta esos detalles,
ya que te hayas aburrido del juego
únicamente márchate sin decir nada,
recuerda: eres el gran poeta.

Nunca más

Nunca más, una herida por una mujer,
apoyarme contra la pared de la bañera
mientras tomo la ducha y me doy por muerto.

Nunca más, una lágrima de sangre en mi rostro,
una pelea por ver quién tiene la razón,
fumarme un cigarro por soledad.

Nunca más, encontrarme platicando con este vacío
que me es familiar y viejo conocido,
verme sorprendido buscando algo en el espejo.

Nunca más pensar, porque eso conduce a la locura,
nunca más pensar borracho, porque eso conduce al suicido,
nunca más, nunca, nunca más.


Las rodillas de una prostituta

Ni el blues,
ni el jazz,
tienen el feeling
de las rodillas de una prostituta.

Ningún escritor,
ninguna pagina web,
tienen las historias
de las rodillas de una prostituta.

Ninguna herida de guerra
o de pelea callejera,
deja una cicatriz tan profunda
como las rodillas de una prostituta.

Ni la monja más devota
ha pasado el mismo tiempo hincada
implorando clemencia,
como las rodillas de una prostituta.

La niña manca

La niña manca juega en el jardín
con sus bucles y sus jeans.
La niña manca juega en el jardín
arrancándole un brazo a su barbie.

La niña manca le pregunta a su mami;
-¿Por qué el mundo es así?
La niña manca juega en el jardín
sin obtener nunca una respuesta.

La niña manca juega en el jardín
tarareando una canción sin rima.
La niña manca juega en el jardín
pretendiendo que ella es normal.



Visiones

Tengo visiones de dioses caídos,
óleos sangrando,
mares muertos y de un barco en el Egeo
flotando con un pescador sin anzuelo.

Veo las sombras de los árboles
en el jardín de los silencios,
un paisaje austral en mi mente
recitando una canción inaudible.

Veo en las grietas del techo
a una señora maltrecha,
sosteniéndose con la vergüenza de vivir
y un cigarro sabor té aparece.

Veo las estatuas negras y blancas
en la entrada de un palacio,
un dolor en el vientre,
una pregunta, ¿cuál era la respuesta?

Veo el infierno de mis manos,
sirenas rapaces,
mujeres desnudas
enredadas en mi panacea corporal.

Visiones laudanas,
visiones robadas,
tengo más visiones de mis locuras,
que no te voy a compartir.

Otra leyenda urbana

Observo cada pequeña gota de sangre salida de mi nariz mezclarse con el agua para correr rumbo a la oscuridad, no debí de haber inhalado tanta basura; la excusa de que desde siempre me ha sucedido ya nadie la cree, cuando era niño y hacía mucho sol las camisas terminaban manchadas de rojo y en mi frente una compresa de agua mientras descansaba, alejándome de los juegos; no sólo era perdida de hierro y fuerzas lo que dejé en la ropa, sino también la oportunidad de convivencia, los elevadores procuro evitarlos ya que por sentido común nadie quiere estar cerca de un tipo con un tampón embutido en la nariz en un espacio tan pequeño intentando detener una hemorragia que ni siquiera es por una pelea; me alejé de esas meditaciones para volver a la realidad de haberme quedado sin dinero para regresar en un taxi, era ya demasiado tarde como para que pasaran aún camiones, la única alternativa era caminar unas cuantas cuadras con la vista para arriba sintiendo caer la sombra de las gotas de lluvia hecha por las luces mortecinas del alumbrado para después recostarme a descansar el cuello, en uno de esos intervalos forzosos sentí que alguien se acercaba, sin efectivo, tarjetas y con un papel rojo impidiéndome respirar bien, no podía suceder nada peor, salvo que se presentara ella, para mi un maldito ángel malo, cada vez que aparece algo termina peor de cómo yo hubiera querido que fuera, por esa noche el escenario de caminar a salvo hasta mi colchón se desvanecía también, al tratar de reaccionar me di cuenta de que me miraba como dando gracias a unos dioses terribles de haber podido encontrarme, el único puente cercano para cruzar el abismo de la realidad y salir de la rueda del tiempo gratis lo guarda en uno de sus bolsos, al parecer rezaba algo ininteligible, una mística antigua/nueva cada que la carne de un brazo cede a su pasión; la miro, adivino su sonrisa. La amo. Agrega;

–No podrías, ni te atreverías.

En efecto nadie podría hacerlo. Se presenta para regresar al hábito en los momentos de flaqueza a los que quieren dejarlo. Es la virgen de los caídos hecha por el pensamiento de ángeles melancólicos, un buda anémico; una solitaria Yamaduta que bendice cada aguja con una mirada de compasión, fuga, benevolencia infinita; a pocos se le aparece tan seguido como a mi, me lo han dicho cada que vuelvo a contar la experiencia que es mirar sus inconfundibles botas de tacón negro, quizá la encuentro por qué frecuentamos los mismos lugares que a pocos les interesa ir. Dicen muchas cosas de su divinidad/perversa incuestionable, pero prefiero ignorarlo, cuando la han visto beber, es siempre hasta quedarse sola, nunca la revisan al entrar a ningún lado, todos saben lo que hará, porqué lo hace y que nunca se propasará; sus dedos limpios me enloquecen, hacen enrojecer con dulzura mi piel, lleva con dignidad en las muñecas cuatro marcas en total, de las cuales sin pensarlo dos veces hubiera dado la vida por estar acompañándola corriendo el riesgo de yo no fallar, nadie de confianza la ha visto desnuda, pero dicen que el único tatuaje que tiene esta en su pecho, justo sobre el corazón, y es el de la diosa hindú Maya ardiendo, en sus audífonos el réquiem de Mozart llega hasta Lacrimosa, después en exclusiva las partitas de Bach; cuando termina la pieza que escucha presta atención al supuesto interlocutor; ella es quien inicia la platica, así que puede mirarte durante tres minutos en un incomodo silencio, la señal es que desconecta los audífonos o les baja el volumen; es una leyenda urbana, una especie de bendición anormal, como si todos los celulares de un edificio sonaran a la vez buscándote. Dicen también que mira pornografía junto a adolescentes pidiendo autocontrol, si lo hacen mal nunca regresan, si lo hacen bien, al día siguiente pueden volver acompañadas a intentarlo con el verdadero animo de fracasar entre las tres; lo tiene todo pero a nadie se lo da si quiere tenerlo, al acariciarme me recuerda a un cuervo en la oscuridad volando, guiando con graznidos a un ciego.
Me disgusta ver que no es su sombra lo que se mueve a lo lejos, sino una de sus devotas que inicia a impacientarse conmigo, un beso de ella es suficiente, al terminar de mover la cuchara caliente y taparme con su mano mis ojos dice:

–“Soy el cisne negro que te regresa a salvo a la tierra de los sueños.”

Un pequeño pellizco y un billete en mis manos para tomar un taxi.

–Eres una santa.

Es lo poco que digo sin despegar los parpados, sé que se ha ido y no escuchó mi plegaria de agradecimiento infinito por haberme ahorrado el caminar hasta la casa con sangre en el rostro.

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