Siguiendo con sus planteamientos o sus valoraciones, es curioso que usted considere favorablemente, de entre las suyas, una novela que tuvo poca aceptación de crítica y de público: 'Los vaqueros en el pozo', publicada en 1979. ¿Qué papel juega, en este caso, la diferencia, tan cernudiana, entre la realidad y el deseo que seguramente acompaña el quehacer literario en sus dimensiones de proyecto y resultado final?
Muchas veces me he preguntado por qué esa novela tuvo tan mala acogida. Fue, relamente, una novela fracasada, al margen de circunstancias externas que pudieran influir como, por ejemplo, que la editorial en la que se publicó atravesaba dificultades económicas en el momento de lanzarla. Creo, hoy, que si una novela no acaba de convencerte, lo mejor es romperla y escribir otra nueva. Por eso tengo varias guardadas en los cajones, sobre todo de mi primera época. Y aun que algún editor me propone que las resucite, la verad es que hasta ahora he sabido resistir la tentación. En fin, en mi caso de escritor lento y algo perezoso, al que además le gustan las copas, las chicas y la gente, puedo afirmar que no me encuentro satisfecho de mi obra [...] Por otra parte, las novelas nunca resultan como las concibes y hay que tener cuidado porque a veces el plan de trabajo previo se rompe por una chorrada que se te ocurre de repente y te parece importante y no lo es, mientras que, en el caso contrario, hay que tener la sensibilidad suficiente como para decir: «¡Caramba, esto no lo tenía previsto y funciona!» De manera que el objetivo final es lograr un cierto equilibrio narrativo, y a pesar de que yo planifico bastante mis novelas es cierto que una cosa es la realidad y otra el deseo o los proyectos.
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